Ansiedad social en hombres gays: miedo a quedar

Quieres quedar, pero llevas horas pensando en cómo va a salir

El plan te apetecía cuando dijiste que sí. Tomar algo con unos amigos, conocer a un chico, ir a una cena donde habrá gente nueva. Ahora faltan dos horas y ya has pensado cómo entrar, a quién saludar primero y qué vas a decir si te quedas solo.

Casi preferirías que alguien cancelara. Así no tendrías que hacerlo tú.

Hombre que llega a una terraza y se detiene junto a la silla antes de sentarse con dos amigos

La ansiedad social en hombres gays puede hacerse notar mucho antes de salir de casa. Las ganas de estar con otros siguen ahí, pero cada encuentro empieza a parecer una prueba. Y cuando llevas unas cuantas semanas eligiendo el alivio de quedarte en casa, también aparece la rabia por todo lo que te estás perdiendo.

El miedo no se queda en las citas

Puede aparecer al hablar con un hombre que te gusta, pero también al intervenir en una reunión, entrar en un grupo de amigos o pedir algo en una tienda. La preocupación suele girar alrededor de que te juzguen, noten tus nervios o te rechacen. Cuando es persistente e interfiere con la vida, merece una valoración profesional.

Sentirte cortado de vez en cuando no significa tener un trastorno. Tampoco necesitar tiempo para entrar en confianza. La pregunta es cuánto está decidiendo ese miedo por ti y qué situaciones deseas vivir que estás dejando pasar.

Quizá sí vas a los planes. Solo que llegas con todo ensayado, apenas cuentas nada tuyo y sales agotado. También vale la pena hablar de ese esfuerzo. No hace falta haber dejado de salir por completo.

Ir puede costar, pero vigilarte todo el rato también

Imagina una conversación en una terraza. Mientras el otro habla, estás pendiente de si tienes las manos quietas, de cómo suena tu voz o de si has sonreído demasiado. Cuando termina, te das cuenta de que has perdido parte de lo que estaba contando.

Después te reprochas haber estado raro. Pero durante ese rato estabas intentando escuchar y supervisarte a la vez. Es difícil participar con soltura cuando una parte de tu atención está comprobando continuamente qué imagen das.

En consulta se puede mirar qué haces para protegerte del juicio y qué efecto tiene. Coger el móvil, por ejemplo, puede servir para responder algo importante o para no levantar la mirada en cuanto aparece un silencio. El gesto es el mismo. Entender cuándo ocurre ayuda más que prohibirte usarlo.

Y cancelar un plan puede ser descansar después de una semana imposible. Habrá que distinguirlo de cancelar algo que quieres hacer porque los nervios se han vuelto insoportables. No todas las noches en casa necesitan una explicación clínica.

Si te han juzgado antes, no basta con decirte que no pasa nada

Puede que durante años hayas medido tu voz, tus gestos o lo que contabas de ti para evitar burlas. Encontrarte ahora entre otros hombres no borra de golpe esa experiencia. Tal vez sigues mirando alrededor antes de relajarte, incluso en lugares donde esperabas sentirte más cómodo (Meyer, 2003).

Aun así, no podemos suponer que todo rechazo está en tu cabeza. Existen ambientes hostiles y personas con las que no tienes por qué exponerte. Cualquier propuesta para acercarte a una situación debe tener en cuenta la seguridad y lo que tú quieres.

También dentro de espacios gays puedes sentir que no encajas o que necesitas resultar interesante todo el rato. No estás obligado a disfrutar de cualquier grupo porque compartáis orientación. Puedes buscar gente con la que haya más afinidad.

Si además te juzgas con dureza antes de conocer a nadie, puede ser útil trabajar esa inseguridad junto al miedo social. Sin exigirte convertirte en el hombre más seguro de la mesa.

Un paso que quieras dar de verdad

Ponte en una situación concreta: te gustaría tomar un café con alguien, pero una cena con cinco desconocidos ahora te desborda. Empezar por el café puede tener sentido. Lo importante es acordar para qué lo haces y qué quieres practicar, en vez de improvisar una prueba para demostrar cuánto aguantas.

Quizá el paso sea hacer una pregunta que te interesa y escuchar la respuesta sin preparar inmediatamente la siguiente. O expresar una preferencia pequeña, como dónde sentarte, aunque aparezca la duda de resultar pesado. Son ejemplos que tendrían que ajustarse a tu situación.

La exposición gradual forma parte de tratamientos psicológicos para la ansiedad social. Consiste en acercarse progresivamente a situaciones temidas, con un trabajo planificado. [1] No equivale a obligarte a entrar en cualquier sitio ni a aguantar hasta que dejes de sentir nervios. Tampoco requiere que salga una conversación brillante.

Al revisar lo ocurrido, conviene preguntar qué hiciste, qué pasó realmente y qué aprendiste, además de cuánto malestar hubo. Si la persona no pudo quedar, no has fallado un ejercicio. Si el paso fue excesivo, toca revisarlo.

Y al volver, llega el repaso de la conversación

«¿Por qué dije eso? ¿Habré hablado demasiado?». Tal vez buscas un gesto del otro que te confirme que todo fue bien. Puedes acabar revisando una conversación mucho más rato del que duró (Boothby et al., 2018).

Para preparar la siguiente sesión, ayuda llevar un momento específico en lugar de un veredicto como «soy un desastre con la gente». Qué dijiste, qué viste hacer al otro y qué has deducido después. Una pausa en la conversación, por sí sola, no permite saber qué estaba pensando nadie.

Si hay algo concreto que aclarar, puede hablarse. Si llevas horas intentando estar completamente seguro de haber gustado, esa búsqueda también puede trabajarse. No hace falta resolver cada duda antes de volver a relacionarte.

Acercarte sin tener que representar un papel

Puede que lo que quieras sea algo bastante sencillo: hacer amigos, hablar en una reunión o conocer a un hombre sin prepararte una versión impecable de ti. Es un buen punto de partida para decidir qué trabajar.

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Referencias

Meyer, I. H. (2003). Prejudice, social stress, and mental health in lesbian, gay, and bisexual populations: Conceptual issues and research evidence. Psychological Bulletin, 129(5), 674–697. https://doi.org/10.1037/0033-2909.129.5.674

Boothby, E. J., Cooney, G., Sandstrom, G. M., & Clark, M. S. (2018). The liking gap in conversations: Do people like us more than we think? Psychological Science, 29(11), 1742–1756. https://doi.org/10.1177/0956797618783714

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Sobre el autor

Un hombre conversa con un psicólogo en una consulta, junto a una mesa con papel y una libreta fucsia

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