Ansiedad en hombres gays: cuando no consigues parar

No ha pasado nada grave, pero llevas todo el día en tensión

Estás haciendo café y ya vas tarde por dentro. Todavía no has abierto el correo, pero estás repasando lo que puede salir mal en el trabajo. Mientras desayunas recuerdas un mensaje pendiente. Cuando lo contestas, aparece otra cosa. A media mañana descubres que llevas la mandíbula apretada y ni siquiera sabes desde cuándo.

Si alguien te pregunta qué te pasa, cuesta responder. No ha ocurrido una catástrofe. Hasta puedes sentir vergüenza de estar así un martes cualquiera.

Hombre con una taza en la cocina, apoyado en la encimera y mirando pensativo hacia un lado

La ansiedad en hombres gays también puede tener esta forma cotidiana: una preocupación que cambia de asunto y te acompaña incluso cuando, por fuera, el día está bastante tranquilo. Una escena como esta no basta para poner un diagnóstico. Sí permite hacer una pregunta que quizá llevas tiempo esquivando: ¿cuánto te está costando vivir pendiente de todo?

Que no sepas explicar el motivo no significa que te lo inventes

La ansiedad puede incluir preocupación difícil de controlar, tensión muscular, irritabilidad, problemas de concentración o de sueño. Cuando persiste y afecta al día a día, conviene evaluarla. Esos síntomas no son exclusivos de un trastorno concreto ni permiten diagnosticarlo leyendo una lista.

Tal vez llevas semanas durmiendo peor. Quizá estás asumiendo más trabajo del que cabe en tu horario o pendientes familiares que nadie más ve. Puede haber un asunto reconocible, varios a la vez o algo que todavía no has conseguido ordenar.

En consulta hace falta escuchar más que un «estoy nervioso». ¿Cuándo empieza? ¿En qué ratos afloja? ¿Qué haces para poder continuar? ¿Has empezado a renunciar a cosas que antes te apetecían? Puedes pedir ayuda sin llevar preparadas las respuestas. Precisamente una parte del trabajo consiste en encontrarlas contigo.

Pasarte el día asegurándote de que todo está bien

Imagina que envías un correo sin especial importancia. Lo lees antes, corriges una frase y lo mandas. Hasta ahí, normal. Luego vuelves a abrirlo para comprobar el tono. Te tranquilizas. Un rato después recuerdas otra palabra que quizá suena brusca y lo revisas de nuevo.

Lo que interesa de este ejemplo es qué consigue cada revisión. ¿Has encontrado un error que puedes corregir? ¿O estás intentando obtener una tranquilidad que se va a los pocos minutos? Son situaciones diferentes, aunque desde fuera se vea a un hombre mirando la misma pantalla.

Esa pregunta sirve también cuando pides a un amigo que te asegure, una vez más, que nadie se ha enfadado. Su respuesta puede darte un respiro y aun así dejarte esperando la siguiente confirmación. Habrá que comprobar si te ocurre, sin dar por hecho que cualquier petición de apoyo es un problema.

Porque a veces sí falta información. A veces hay una responsabilidad mal repartida o alguien está siendo poco claro contigo. La terapia debe poder distinguirlo. Sería bastante injusto pedirte que aprendas a tolerar mejor una carga que necesita repartirse.

Ser gay puede formar parte de esta historia

Puede que en el trabajo midas cada comentario sobre tu vida privada. Hablan de parejas y tú calculas si decir «mi novio», cambiar de tema o dejar pasar la conversación. Si has recibido burlas o rechazo antes, esa decisión puede venir acompañada de bastante tensión (Meyer, 2003).

No sabemos cuánto pesa eso en tu caso hasta preguntártelo. También puedes vivir tu orientación con tranquilidad y estar desbordado por horarios, dinero, salud o cualquier otra cosa. Mereces una atención que conozca tu realidad sin obligarte a encajar todos tus problemas en ella.

Y reservar información puede ser una decisión sensata. Nadie debería pedirte que te expongas en un ambiente hostil como demostración de que has superado un miedo. Se puede trabajar para que tengas más libertad y, al mismo tiempo, respetar tus límites y tu seguridad (Pachankis et al., 2020).

Una situación concreta dice más que «soy muy ansioso»

Para empezar a entenderlo, elige un momento reciente que recuerdes bien. No hace falta registrar todo el día. Por ejemplo, el rato entre enviar aquel correo y abrirlo otra vez.

Anota qué ocurrió, qué temías y qué hiciste después. Añade qué cambió al hacerlo y qué quedó pendiente. Si descubriste un error real, escríbelo. Si no había nada nuevo pero necesitabas comprobarlo, también. Esa diferencia da información para decidir por dónde empezar.

Si el registro te lleva a vigilarte sin descanso, déjalo y coméntalo en consulta. Una herramienta debe ayudarte a entenderte, no convertirse en otra tarea que tengas que hacer impecablemente.

Qué se puede trabajar en terapia

Una primera valoración puede revisar preocupación, descanso, obligaciones, relaciones y salud. También el consumo de sustancias, la medicación o posibles causas físicas cuando corresponda. No conviene atribuir automáticamente a ansiedad cualquier sensación corporal nueva. [1]

Después habrá que concretar qué quieres recuperar. Poder terminar la jornada sin seguir comprobando asuntos menores. Pedir que una tarea se reparta. Disfrutar de una conversación sin estar resolviendo mentalmente la siguiente preocupación. Son objetivos que permiten mirar cambios reales, además de cómo te sientes.

La intervención dependerá de lo que se encuentre. Quizá se trabaje en reducir comprobaciones, afrontar situaciones que estás posponiendo o cambiar una carga cotidiana poco sostenible. Si una explicación no encaja contigo, decirlo es útil. No tendrías que aceptar que todo es evitación si hay obligaciones reales o cosas que haces porque te gustan.

No necesitas esperar a estar peor

Si la tensión se está quedando con tu descanso, tu paciencia o tus ganas de ver a alguien, ya hay algo que hablar. Incluso aunque sigas trabajando y los demás no lo noten demasiado.

En Querido Amigo Marica puedes consultar la atención psicológica para hombres gays, online en España y presencial en Valencia. Puedes empezar con una frase tan sencilla como «llevo tiempo sin conseguir aflojar». A partir de ahí habrá tiempo para poner ejemplos y entender qué está pasando.

Referencias

Meyer, I. H. (2003). Prejudice, social stress, and mental health in lesbian, gay, and bisexual populations: Conceptual issues and research evidence. Psychological Bulletin, 129(5), 674–697. https://doi.org/10.1037/0033-2909.129.5.674

Pachankis, J. E., Mahon, C. P., Jackson, S. D., Fetzner, B. K., & Bränström, R. (2020). Sexual orientation concealment and mental health: A conceptual and meta-analytic review. Psychological Bulletin, 146(10), 831–871. https://doi.org/10.1037/bul0000271

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Sobre el autor

Un hombre conversa con un psicólogo en una consulta, junto a una mesa con papel y una libreta fucsia

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